Paseando por un camino de tierra, bajo árboles cerrándose sobre mi cabeza, llego hasta un pozo, me siento al borde del brocal y veo mi reflejo. Es como estar dentro de la oscuridad inmensa de esas aguas, en el reflejo me veo por dentro porque aunque nada me ate a la oscuridad, simplemente camino en ella y tan solo me hace falta levantar la vista para saber que no es así. De lejos veo el cielo aunque no pueda estar ahí, ver mi imagen en un pozo negro estando fuera de él, simplemente las cosas se ven así un lunes de madrugada, sabiendo que hay que levantarse dentro de unas horas, bajar las escaleras y abrir la puerta. Salir un rato a aguantar la luz del día, admirándola de a ratos, sentir la obligación de resistir mis instintos e ignorar mi apatía, tratar de concentrarme en lo inmediato así el tiempo pasa y en no gastar demasiado dinero tratando de complacerme con azúcar.
En algún momento tendré esperanzas, empezaré los planes y la obsesión me hará hacer cálculos de tiempo y valores en el celular, mientras escucho voces mundanas hablar de la realidad, con tanto sentido del humor que me parece imposible no escuchar. De a poco las luces de la calle se empezarán a prender y yo me voy a cambiar de ropa, asegurar las puertas y apagar las luces, teniendo siempre en mente si es que alguna vez dejaré de hacerlo antes de que pase una década. Ya no sé donde mirar aveces, si a mi reflejo en el pozo, a las nubes fosforescentes o simplemente al camino que tengo enfrente, o solo cerrar los párpados y tratar de no sentir nada, solo escuchar la lluvia; o en este caso el viento de la noche impulsándome a escribir.